SUSANA SZWARC. CINCO POEMAS.






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Informe para otra academia

Los ojos  insisten en verse
como a un mono entre rejas. Grita: “tengo derecho a sacarme
los pantalones ante quien se me antoja”.
“A un mono siempre debe serle posible la fuga”, leo (en voz alta).
Pero él tiene una sola sensación, como si fuese un adorno.
Cuando saco la mirada, la ciudad está llena.
¿Hemos avanzado?
 Mi semejante, mi auxiliar, mi enemigo,
dice: “intento sollozar sobre algún rasgo humano”.
En la City nos tapamos las bocas
asustados por el ronco grito paterno.

Aún así, como del mismo lugar, se escuchó:
“... soy aquel que conoció los caminos...
La pluma en mi mano. Para escribir la palabra grata...”

Ese es el trueno que me retuerce en tu selva.
Me escurro de la mirada –que no me ve- para rescatar
-entre tanto- una mirada histórica.
Esplendor de peligro.
Reaparece una mesa, un libro, la fotografía,
por ejemplo, del viejo Pound  (me veo
en sus palabras: “...teme al tiempo...no a mis ojos”).

Los supuestos monos se fueron a dormir (¿entre las flores?).
Ya no estoy entre ellos sino lejos, hermosamente gorda
como una dorada Pavlova. (¿Por qué apiadarse
de los que reverencian su hastío?)
Lo desnaturalizado cuece sus habas en otra parte y yo,
viejo Pound, estoy próxima a tu deseo.
-¿Me estás mirando?






Entonces

Soltamos las hebillas (del cabello),
de a una
nos soltamos y  llega,
ultraleve, desde distintos lugares,
una música que cada vez que se despliega,
abarca el punto de partida.

 (El miedo cambiado por otra obsesión.)

-Pájaros en la cabeza- habremos de oír,
 habremos de reír, aún después de los Campos,
 aún después del Matadero.
 En la casa de citas.

 (¿Cuántos años hacen falta
 para hacer romántico un crimen?)

 Un vestido rojo vuela por el aire.

 Bárbaras somos
 en este anonimato del murmullo.

Porque nos reconocemos, bailamos.
Entonces se olvida el frío.





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El desorden de las relaciones de propiedad 
                                    
Y yo, volví al hospital.

En el largo pasillo repleto esperaba
-esperaba de pie y te leía-.

En un solo  movimiento: girar la cabeza  la página
un dedo de la mano izquierda,
los anteojos de leer cayeron
-sobre el mosaico-.
Cada pedacito de vidrio mostraba  una garza
 sin sombra, que empezó a recorrer el pasillo con sus zancos.
De lejos la vi apoyar su lomo
en el vendaje de una pierna. Despacio
 me acerqué.
 Es mi garza decía - un poco
a los tumbos-  pero cada uno deseaba a la  sanadora.
Es mía, insistí, riéndome
por las cosquillas que me hacía  -garza- en su  desorden.

Salieron los médicos al pasillo -salieron por el revuelo-
 y llamaron: Garzas.
Nos hicimos
-sombra-. 





Andyamo
(o tres revólveres de Andy Warhol)

I

En esa bolsa: uno, dos,
tres los revólveres.
Re-vol-ver. Volver y volver y volver, así
muchísimas veces.
¿Se puede volver sin haberse una ido? Idas
a veces estamos y otras nos llamamos. Eh, sí
vos, revolvé la sopa con el revólver ahí,
en la otra bolsa, en el lugar común de la esquina.

II

Me ve cruzar. No hay nada que valga
la pena la revuelta, le digo con mi gesto.
Me dice, te llevo la bolsita, la tiro ahí.
No corazón, vos trabajaste más que yo
en este día.

¿Por qué le habré dicho corazón?
       
III

Andy, le digo a Andy, vamos
a revender este revólver.

Tengo  la mano entera
trabada en el gatillo
pero Andy:
no quiere.





El aire se deja sentir

Gritan, se desgañitan.
Si lloran se ensanchan los pulmones
y la risa sale –de ahí –mejor.

¿Tiene lengua la calavera?
¿Están crudos los muertos?
¿Y el espectro?, dice el Sepulturero.

(Parecen pequeños, todavía más de lo que son,
y eso es por desnutridos.
La diminuta Ofelia se ahoga
en una palangana. Así su escenografía.
Actores que hacen de actores
nos confunden más.)

Hamlet, el que va y viene dudando,
más loco que el loco Borda que camina de
Aviá Teray a Corzuela a Makallé a
Pampa del Infierno, donde quedamos.

También el público grita, se desgañita:
Hamlet no tomes la mano del jefe.
Borda no tomes ese vino aguado.
         No soy el Loco, soy Laertes
         y en esta Pampa del Infierno alguien
         nos envenena.
Traición! Traición!

Vuelan cadáveres, gallos. Preguntan:
¿hubiese sido él un gran patrón?
Espectadores, espectros, ríen, aplauden, silban.
        Mientras otro loco murmura: ¿tantas
       víctimas entre copetudos?
       Mientras el público insiste: ¿qué
       bélico rumor es ése? ¿Cómo llegan
       hasta aquí estos tambores?

Y Hamlet, dirigiendo la mirada:
mi buen amigo, ¿cuidarás que los cómicos
duerman y coman bien? ¿Oíste?,
         porque ellos son el compendio, la breve
         crónica de los tiempos.








Susana Szwarc.