PRIMICIA: ROBERT BACA. SEGUNDO TESTIMONIO O VIERNES SANTO





Segundo Testimonio

Algunos trabajadores cubren de luto la gran máquina con esqueletos en forma de cruz, nave
nodriza que ha de echar humo blanco al día tercero para ascender al éter en forma de ánimus y
carrocería: ese viaje interestelar de las adoraciones imaginarias para destruir así el sueño lumínico
de cualquier sustentación racional y positivista.

15 horas 15.

Cerca del Gran Hipercubo,
un puñado de ángeles arcabuceros abandonan el altar mayor (1)
 para buscar del artesano que les dio
existencia, crucifijos brotando desta esfera terráquea que gira inútil alrededor del sol;
 niños cimarrones retornando a sus capillas
 sin saber que la espina atravesada en el pie volverá multiplicada como sus panes
 y peces,
 en los puntos que suceden a la circunferencia de una aureola
 al ras de su cabellera:
simple cometa elevada a la diestra del Dios Padre Todopoderoso
 y a la siniestra de la que dejó de ser virgen
que a esta hora van cubriéndose ya de luto
como un huayco a la ciudad
ante la negra llegada de los cataclismos.

Altar mayor. Las fieras -ahuyentadas por el humo de los verdes cirios y los
espectadores de la nueva cinematografía cristiana- escarban su retorno abriendo el agujero de dos
mil años en el jardín de la Diacronía. ¿Es necesario vomitar la marca que les dejó sobre la piel de
sus devorados?, ¿depositar en la oscuridad esta masa pestilente como un boceto de pan desde su

íntegra máquina del tiempo?, ¿hacer destos residuos el oráculo de la carne para las futuras
redenciones?

 Aliento a romano. Sur del Perú. Desierto. El inti horrendo calcina las 3 quince de la
tarde en esta brasa que es la mismita lengua de Dios. Antiquísimas plañideras derraman sus flujos
sobre el hasta cuándo, hijo perdido, hasta cuándo…
 Y la falsa máquina con motor de sillar que
exporta el fruto enloquecido por la cosecha de lo
metálico
 contempla esta santificada carne
pudriéndose en el corazón de los maderos,
 tan lejos de las eras cristianas
 tan lejos de las hostias y diezmos
 tan lejos este corazón repartido en astillas
 que besamos en las falanges de los proxenetas.

Descolgado su cadáver
un Robert Powell no soporta tampoco el vértigo a su propio abismo,
ver reproducida la dolorosa escena de la cruz en miles de retratos
que portan consigo los feligreses
como si se tratara de una banal reproducción de los zapatos de Warhol:
 a h o r a
 su tanática barbilla de yeso
 cae
 resonando como un tsunami
 en todos los rincones de las iglesias.

Viernes. Recordar que hoy el pecado de la carne hiede en la memoria
 y hiede en serio
desde la hendija abierta por esta lanza de Longino
hasta el último pez putrefacto gracias a la
vanidad de la multiplicación.



¿Dónde se encontrarán entonces los cantos corales que las ballenas recogieron de los pescadores?

A la hora del almuerzo…

El camarón
-atrapado días antes en las entrañas de las putrefacciones caninas
y llevado a la fuerza a los terminales pesquerosva
recogiendo también
 la sonrosada calentura de su pudor
 para oxigenar así el tibio mar de leche que se cocina en los calderos.

Nota: prohibido olvidar que los peces salinos han
regresado hoy a las hueveras iniciales del jurel. Y los tubérculos, con sus pupilas agujereadas de
éter, sostienen una escalera -la más alta de los Gólgotas - para bajar el virakochísimo cuerpo de R.
Powell que yace clavado y sin vida en el hipercubo.
7H00. Transmisión bíblica. AM-FM.

Ha llegado el momento de hacerle nudo a estas tripas
y acallar con la fe los rugidos ayunantes que perforan el vientre
como flechas sobre el cuero de animales cilíndricos.

 Bajar del anisado éter al que nos elevamos
 en cuerpo y alma la noche anterior durante la búsqueda de las iglesias,
 dejando que uno de los tantos rostros plañideros
 nos aterrice un látigo sobre el lomo de la mañana:
 esperar a que la cruz se
levante por sí misma en el peregrinaje guiado por l’incienso,
virar el fuete como una vela que cambia la trayectoria hacia el Nuevo Mundo sobre las orejas de
unos hijos perdidos que no saben hasta cuándo han de pecar. Porque esta piel dorsal o no, saccra o
no, corruptible o no, será la señal del nuevo sendero, el futuro ahijado que recibirá la herencia de
El Traidor y del que se vanagloria multiplicándolo todo, su destreza en los pataeiperros acertijos de
la cotidianeidad y este manto sagrado lleno de flores, paridas por la sangre del fuete que nos
continúa incendiando
aun al más torcido árbol
perdido en esta époque
revestido de sahumerios,
caídas y olores.

descenso de la noche sobre el lento atardecer al oeste
 El Santo Sepulcro
se estrella como una nave extraterrestre en el vecindario
y esparce sus piezas mecánicas,
               cuetillos chinos hacia la estratósfera,
               la ceniza del sahumerio abre también sus cicatrices
               ante la colisión de los planetas que poseen en cada pecho los niños
                                     y Tentación avanza hacia la noche roja
                                     encascarando la única avenida con sus terrales,
                                     desenumerando el altar de las caídas,
                                     soplando todas las velas y apagando su aire verdísimo
                                     hasta cubrir sin remedio
                                     la naturaleza muerta en este acaramelado jardín
                                     donde reposan
                                     esperando a su primer pecado
                                    cada una de nuestras manzanas.



(1) La subversión desta mezcla en la batalla de los colores y la contradictoria firmeza de sus armas hacen de ellos, unos de los tantos astros que seguimos desde la Corona.

                                                                                                             

                                                                                                               De Cartografía de lo invisible