2 DE MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA.











DIOS ES UN DEEJAY Y APENAS BAILA
SU PROPIA MÚSICA


Carteles de los años veinte, versiones
recién bajadas y distintos compañeros de piso.
Comparten conciertos -Rufus Wainwright,
Franz Ferdinand,
La Habitación Roja- que, como una voluta de humo,
ponen en marcha el desfile habitual
de colores espontáneos, bien definidos.
Los amigos preparan bebidas intensas
con hierbas aromáticas y azúcar.

Mirando postales y fotografías de ciudades
hoy lejanas, celebran nacimientos, contratos por obra,
amores canallas.

No tienen corazón para decirle a sus padres
que la guerra continúa y nuevamente
están muy cerca de los que han perdido.





Cibeles bajo la aurora (Korybantes).


La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es
limpio, todo tu cuerpo será luminoso.

3 a.m. Tenue envuelve el tiempo en
La Guillotina.
Hacían chistes
sobre a quiénes verían y si acaso
tomaban precauciones.
“No es fácil comunicarse así, pero
   tampoco es preciso.
Todos los sonidos.
Ninguna letra”.
En otro instante u orden
   espacial, eso
hubiese significado, aunque,
en contra de lo que dijiste,
los cuerpos
se desgastan.

“Llega con hablar en voz muy baja,
sin articulaciones
como si uno de nosotros
(por ejemplo, la mujer) estuviese
suspendida
en el aire,
y el otro (acaso un hombre),
estuviese en el agua pero
sin sobresalir—”
Escucha
con atención lo que dice, intuye
y se aferra a lo vivido
—sueños, contradicciones y reveses—
que no corresponden
a una persona
sino con toda una época.
Sin ansia, casi
carente de deseo: espero
lo que ya se ha dado
y lo que la probabilidad dice
volverá a ocurrir.

“Sé bastante poco de ti. Nada, en fin,
sabemos uno del otro,
aunque tampoco sea necesario.
Me caes muy bien,
pero por el momento no podemos ser ni amigos
ni amantes”

“El contraste definitivo, fragante
y nervioso,
su centro vivo, palpitante, abierto
a mi dominio
y deleite—
Espasmos,
golpes
repetidos que contienen
tus ojos en mis ojos…”
“¡Me abrumas!”
“Siempre
me sedujeron tus brumas…”
Es modesta aunque a la vez
segura y ambiciosa. Mezcla
de lo que otros opinan
y ella quiere.

La mirada no se reconoce
en la mía o en ninguna, apenas
guarda vestigios
de algo que fue suyo.

“Me gustaría brindar contigo,
quizá
por la ganancia de lo perdido”.

No sabe de arrepentimientos
o grandes cismas,
ni de la injusticia
que, de pronto, empieza a crecer
en sus manos.

“Mañana por la mañana iré
a un seminario en la calle Hortaleza.
Si te parece, podemos vernos después
y así te devuelvo
las gotas—”.
“Yo solo quiero mirarte
como tú alguna vez me miraste”

Adora el lujo y la rebeldía—

La culpa existe,
pero no congela. Tan solo demuestra
la naturaleza
de una persona que sabe
serle fiel
a lo que tiene por bueno
en la vida.

Si aún creyera posible
una imagen de moderna
poesía hindú:
Los hijos son inevitables
como la página que sucede al cuento
en el que los amantes
se transforman
en pájaros o árboles.

“Los dos teníamos por momentos
el rostro de la sangre, es decir,
ningún rostro…
Es la parte
de realidad con la que me quedo”.

“Ante la conclusión de su tiempo,
los nobles alejandrinos
se quitaban las vestiduras y las joyas, dejaban
el palacio-escenario, y se fundían
en la multitud anónima…”

El final es un sentido, un lugar
tibio como su sexo,
el instante en el que
la incertidumbre muere.


Cegado por la puesta de sol,
un dolor tenue
entre hombro y nuca.
Perdona
que no seas para mí
más de lo que eres:
Un cuerpo
cuya voluntad no poseo.