CINCO POEMAS DE VERÓNICA PÉREZ ARANGO



















Mi nombre es Alan Estauce y nací para viajar
más rápido que el sonido. Cuando era chico
solía jugar en el patio trasero de la casa. Tenía
herramientas de distintas formas y materiales.
En invierno escondía liebres muertas debajo de la nieve.
Muchas veces creí que la luz que salía del hielo al derretirse
era El Señor con un mensaje, me susurraba al oído
mientras el agua helada de las plantas iba cayendo en gotas
sobre el piso de hierba. Desde entonces creo
que voy a fundirme con el aire. El viento va a descomponerme
en moléculas. Mis brazos, mis piernas, la barba y
el corazón, las costillas y el hígado, mi estómago
y el pene, disueltos entre el olor de las estaciones: el invierno
de chocolate; la vejez monocroma del otoño; el sexo
en primavera; el derroche del ocio en verano.
Nadie podrá ver al hombre si desaparezco. Ahora mismo
corre por el patio de atrás una pequeña liebre dorada.












Hay afuera una capa muy fina de hielo
que cae. Miro por la ventana a los animales
agrupados bajo la calidez falsa de los abetos.
Tiemblan por más que yo no lo note. Estar
cerca de otro no siempre da tranquilidad, y eso
todos lo saben. Mañana es el día en que iré 
sin más compañía, al lago por primera vez:
ya aprendí de memoria el camino que forman los árboles
y sus cortezas talladas con corazones. No podré perderme.
Tengo un mapa de todas las cosas que me contaron.
Cuando sea grande quiero que alguien encierre
mi nombre en un corazón de madera.










Salíamos con Tom y Billy
de la escuela al atardecer
en las afueras de Nuevo México
corríamos livianos
para el lado del río.

El muelle de madera
con verdín
y ruido de peces
apagándose.

Nos sentábamos
en el borde de las tablas
crujían
nuestros cigarrillos prendidos
como luciérnagas
entre los dedos.

La noche llegaba
con sus manos gigantescas.











Tu pija es
un suave planeta
desconocido
adentro de mi boca
un helado de
fruta derritiéndose
bajo la lengua solar.












Mi amor
saldrá mañana
en un viaje
de apenas unos minutos.
Un cuarto de hora alcanza
para cambiar para siempre.

Mínimas variaciones
aceleran la apertura
de las flores del jardín.
Ahora mismo
estoy cantando
estoy lavando el auto
estoy sosteniendo
la mano de mi hijo.

Los pétalos
exhalan
todo
su color.

Mi amor saldrá
mañana en viaje.
En casa
vamos a quedarnos
quietos
con el jardín detrás
mientras en la pieza
las noticias de la tele
entran en ebullición.

Quiero despedirme
con un abrazo
hundir la nariz
en el traje de astronauta.
Las montañas plateadas
que forman
las mangas de la tela espacial
espero que escondan
las pequeñas lagunas

de mis ojos.







Verónica Pérez Arango (1976).