LA RUEDA DEL HAMBRIENTO. VALLEJO - PADILLA
















LA RUEDA DEL HAMBRIENTO

Por entre mis propios dientes salgo humeando,
dando voces, pujando,
bajándome los pantalones...
Váca mi estómago, váca mi yeyuno,
la miseria me saca por entre mis propios dientes,
cogido con un palito por el puño de la camisa.

Una piedra en que sentarme
¿no habrá ahora para mí?
Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,
la madre del cordero, la causa, la raíz,
¿ésa no habrá ahora para mí?
¡Siquiera aquella otra,
que ha pasado agachándose por mi alma!
Siquiera
la calcárida o la mala (humilde océano)
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre
ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,
va a caer por sí misma,
en profesión de entraña verdadera,
¡ésa dádmela ahora para mí!

Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse
y después me iré...
Halló una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.



César Vallejo.

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La poesía de Vallejo va tensada entre el individuo y el mundo, y entre lo moderno y lo antiguo. Si miras abajo, abajo está el caos, pero la obra de Vallejo se mantiene colgante y unida gracias a la potencia de sus contradicciones, fuerzas que tiran en direcciones dispares y le confieren la forma, tal vez, de una llave de lucha grecorromana. En cuanto a lo moderno y lo antiguo, admito que Vallejo puede parecer excesivamente moderno, y que es fácil perderse entre sus rarezas y hermetismos, pero solo hay que concentrarse un poco para ver a través del ramaje y encontrar el terreno común que comparte con otros. Hay singularidad en su voz, pero de igual forma hay rasgos que no le pertenecen a él sino al mundo, o a la pulsión del lenguaje. Este es un planteamiento lleno de agujeros, pero veamos si flota: lo singular (en Vallejo) renueva el cauce de lo universal, mientras que lo universal le da gravedad o peso a lo singular. Y de la problemática relación sexual entre estas dos bestias sale la forma y el sentido.
El caso de la “La rueda del hambriento” propone una tragicomedia elemental: un hombre pelea con el mundo y consigo mismo por medio del lenguaje. De nuevo, la forma interna del combate puede y suele renovarse interminablemente, mientras que la esfera que contiene al combate -y la naturaleza misma del conflicto- son siempre más o menos las mismas. Dicho de otra forma, el coliseo está casi fijo, mientras que el combatiente continúa cambiando. Por eso es que la poesía no aburre, porque es un estado fallido, donde la cabeza del nuevo gobernante apenas es puesta en el cuerpo cuando la cabeza del anterior ya cae al suelo y rueda por el lodo.   
En “La rueda del hambriento”, el hombre que escribe está solo; su soledad es un estado natural, pero en el poema el aislamiento es una condición estilizada. El arte es más acción que contemplación después de todo, y favorece al caminante, no al timorato. Hay que caminar y perderse en bosques cada vez más remotos. Hay que mentir y luego hay que mentir más; las mejores mentiras generan acción y materia. Las mejores mentiras existen.
Digamos que el arte es un artificio creado por otro artificio, la ficción de una ficción. Una doble sombra generosa y libertina. La doble sombra de Vallejo es mejor abrigo que el mink.       

“Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá ahora para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse
y después me iré...
Hallo una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.”

Aquí el arte poético hace panadería nebulosa a partir de la miseria humana.






César Vallejo (1892 - 1938).
Eduardo Padilla (1976).




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